Bucaramanga en los años 70 // CECILIA VANEGAS Y LA LEGIÓN DE MARÍA (Memorias). [Capítulo IV]. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

 

—Me van a expulsar, Cecilia — fue lo que le dije inmediatamente después del habitual saludo, de que yo me sentara en la misma poltrona donde solía hacerlo y de que ella hiciera lo propio en el mismo extremo del sofá mientras se aprestaba a estrechar, igual que siempre, uno de los cojines contra el pecho.

—¿Del colegio?—, me preguntó con énfasis, abriendo más los ojos y mostrando un total desconcierto.

—¡¿Por qué?!—, me preguntó enseguida, entre asombrada y molesta.

—Nooo, —le rectifiqué sonriendo con un dejo de tristeza—; del colegio no, de la Legión.

Ella reorientó su desconcierto, su asombro y, de paso, su molestia.

—¿De la Legión? —me repreguntó—. Pero, ¿¡por qué?!

—No lo sé todavía con certeza —le respondí ignorando su pregunta—; pero presiento que la cosa viene en camino.

—Pero, ¡¿por qué?!—, volvió a inquirirme.

—Debe ser por lo del paseo y por las discusiones—, le dije.

Ella movió la cabeza en señal de negación.

—Pero si en el paseo no pasó nada— subrayó—. Yo no veo que ahí haya habido razón alguna.

—Recuerde la actitud de Josué —le rememoré—. Por algo sería.

—A mí me sorprendió y nunca supe por qué actuó así —dijo—. Pero el que se haya puesto bravo él, por lo que haya sido, no significa que lo vayan a expulsar. Y en cuanto a las discusiones, no veo tampoco que esa sea una razón válida. Es normal que haya discusiones en todas partes.

—Hoy estuvieron en mi casa—, le conté.

—¿En su casa? ¿Quiénes?— me indagó intrigada.

Y, entonces, procedí a narrarle lo sucedido con la inusual visita de los directivos, subrayando la presencia del delegado de la Casa de la Legión.

Cecilia, de todas maneras, descartó que fueran justificadas mis sospechas.

—Que yo sepa, la Legión no expulsa a nadie—, comentó haciendo un gesto de incredulidad con los labios.

—Siempre hay una primera vez—, le dije sonriendo sin alegría.

Pero ella se mantuvo en su incredulidad. Al instante comenzó a sonreír.

—Sería el colmo que ya uno no pudiera discutir—, dijo.

—Hay unas reglas—, le dije.

—Sí —aceptó—, pero también debe haber libertad de expresión.

—La última vez la hermana que reza los rosarios como trabajo legionario se levantó en plena discusión y dijo que ella, más bien, se retiraba—, le rememoré trayendo a colación lo sucedido en una de las más recientes reuniones.

Ella se rio.

—Yo no creo que sea para tanto—, me dijo mientras se apagaba su risa y se levantaba para entrar a la casa.

—Permiso—, me dijo.

—Siga—, le dije sonriendo.

E ingresó para regresar poco después con una merienda.

—Gracias—, le dije mientras recibía la pequeña bandeja.

 

 

Cuando yo llegué al Restaurante Diana, y apenas traspasé su siempre abierta puerta de entrada —una puerta anchurosa que permitía a los transeúntes del andén oeste de la avenida El Libertador entre calles 41 y 42 observar su interior y, por consiguiente, sus mesas cubiertas con manteles de cuadros y sus cuatro sillas en torno suyo, sus meseros de saco y corbatín, y al fondo su caja registradora—, me di cuenta de que ya los directivos se encontraban dentro esperándome.

—Buenas tardes, hermano—, me dijo Salomón Montaña, con su voz de helicón, poniéndose de pie y extendiéndome la mano con esa característica sonrisa suya que endulzaba su rostro de hombre trabajador y asoleado.

Yo le extendí la mano con simpatía y entretanto Gerardo Cediel y su tercer acompañante se pusieron de pie para también saludarme, Gerardo con su emblemática sonrisa y el tercero de a bordo con su misma gelidez del otro día.

Observé que no había nada sobre la mesa y cometí la primera indiscreción de ese atardecer.

—¿Ya pidieron?—, les pregunté con el evidente interés de mi propia hambre.

—No—, respondió Salomón—, aún no, lo estábamos esperando.

Yo apenas sonreí, pero no tuve el buen tino de decir “gracias”.

Gerardo Cediel fue quien llamó al mesero y le solicitó la carta.

Entonces, pasé a fungir de consejero gastronómico.

—¿Ya han probado los fríjoles de aquí?—, les pregunté, como si claramente, exceptuando a Gerardo, no me hubiesen dejado en claro días antes antes, frente a la puerta de mi casa, que ni siquiera conocían el restaurante.

—No, —respondió Salomón Montaña sonriendo—. Es la primera vez que vengo.

El de la Casa de la Legión movió la cabeza en señal de negación y se puso a leer la carta.

Gerardo Cediel confesó que sabía dónde quedaba el restaurante, porque a la vuelta de la esquina se hallaba ubicada su casa, pero que jamás había entrado.

Finalmente, y pretextando diversas razones, pidieron bebidas solamente, de modo que el único de los cuatro que hizo traer a la mesa el suculento plato de fríjoles fui yo.

Una característica que tenía el restaurante Diana era lo rápido que servían los pedidos. Por ello, no habíamos siquiera entrado en materia, pues apenas me encontraba respondiéndoles las consabidas preguntas de cortesía, como la de mis gustos culinarios, o cómo me estaba yendo en el colegio, o cuánto hacía que vivía en el sector, o con quiénes vivía, y un corto etcétera, cuando el mesero ya estaba poniendo el plato con mi suculento pedido encima de la mesa.

 

 

Anfitriona de trato cálido y amiga siempre amable y acogedora, morenita, pequeña de estatura, de cabello negro y generalmente corto, ojos negros, mirada vivaz y dueña de una risa fácil, más allá de lo que en contrario pudiera pensar quien no la hubiese tratado de cerca, mi amiga Cecilia Vanegas era la única persona que tenía la paciencia de escucharme hablar sin interrumpirme. Por eso, pude contarle en toda su extensión lo sucedido en el restaurante aquel anochecer y confesarle, a renglón seguido, mi percepción de que no le había caído en gracia al representante de la Casa de la Legión y, como si eso fuera poco, había cometido la indiscreción imperdonable de olvidar que el hermano Salomón Montaña, más allá de su voz de locutor de radio, era un hombre que, si vivía en un barrio del norte, no podía ser alguien con ingresos altos como para pagar cuentas ajenas, y que aunque Gerardo Cediel sonreía, a veces la gente sonriente lo que hace es aplicar a diario la sabiduría popular cuando enseña que “Al mal tiempo, buena cara!”.

 

 

[CONTINUARÁ]

 

 

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