Bajo el encanto de las cinco de la tarde. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

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La hora de las 5 de la tarde ha tenido siempre para mí una magia especial. Fue en los años difuminados de mi niñez la hora del regreso a casa desde la Concentración Escolar de Varones José Camacho Carreño y, en los no menos difuminados años de mi adolescencia, la hora de las tradicionales onces, cuando el olor del espumoso chocolate inundaba el ambiente hogareño a la par con el del dorado pan francés emergido de los hornos de aquella panadería emblemática ubicada en la carrera 16 con calle 37 que don Humberto Rey hizo famosa gracias a su irrepetible talento y que, como lo recordamos los que tuvimos la fortuna de disfrutar de ella, advertía su proximidad a los transeúntes del entonces todavía no congestionado centro citadino con el olor sin igual de sus productos exquisitos.

El camarógrafo nos había advertido sobre las dificultades que esa hora les significaba a los profesionales de la fotografía y de la filmación. Nos había contado que en su gremio se le conocía como “la hora azul”.

A mí realmente eso, lejos de intimidarme, me atrajo, pues “la hora azul” se llamaba una colección de música antigua y de singular belleza, concordante con mis simpatías artísticas y mis gustos musicales, y el azul me ha sido un color también de particular encanto, al igual que la hora del día en la que, según él, se convertía en el color predominante, predominancia esta que afectaba, según nos explicó, la fidelidad de las imágenes.

 

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El presbítero Alfonso Quijano, de la Compañía de Jesús, esto es, de la comunidad de los jesuitas, fue quien, en el templo del Sagrado Corazón de Jesús —erróneamente conocido por buena parte de los bumangueses, debido a su vecindad con el colegio San Pedro Claver, como “la iglesia de San Pedro”— celebró la ceremonia aquel 27 de diciembre, a la hora azul del día.

La noche anterior, esto es, la noche del 26, el maestro Alfonso Guerrero y una banda conformada por músicos de su reputada orquesta habían sido los encargados de la tradicional serenata, en la que, dicho sea de paso, estuvo presente el cantor socorrano Eduardo Rodríguez, a quien yo no conocía y fue mi amigo y colega Luis Carlos Pinzón Sánchez el que me dijo de quién se trataba y hasta me sugirió, con su consabido gesto risueño, que le pidiera que cantara. Lo que él nunca supo fue que, efectivamente, yo se lo pedí, pero el maestro Rodríguez, sonriendo, me respondió: “No, hombre, qué voy a dañar una serenata tan linda”. Curiosamente, años después, la primera persona que habría de encontrar a mi paso recién descendí de la tarima en la que estrené, ante el público, la cancioncilla emblemática de mi modesto repertorio de composiciones sería él. Recuerdo su postura ligeramente agachada, su aspecto afable, su sonrisa, sus manos extendidas —una para estrechar la mía y la otra para darme unos toquecitos en el brazo— y sus afables felicitaciones.

 

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Cuando Nylse y yo ya nos dirigíamos del altar hacia la puerta de salida, desandando el camino que habíamos recorrido —un camino que anduvimos marchando detrás del fotógrafo y de quienes filmaban— y mientras se escuchaban las notas del violín del maestro Guerrero y nos hacía calle de honor el espectáculo multicolor de las flores, recuerdo haber visto, de pie, sonriente, a la orilla de la fila de bancas ubicada a nuestra derecha, a Álvaro Navas Cadena, quien lucía un traje de color oscuro. Álvaro se salió de la banca a la nave principal para abrazarnos. Más tarde no habría de verlo en la fiesta. Vi también a una sonriente y elegante Ximena Lesmes Jiménez, la madre de nuestro paje Felipe. Y los vi a todos, por supuesto: a mis familiares, a los de Nylse, a sus amigos, a los míos, a nuestros amigos comunes y a los feligreses que no andaban en nuestro cuento, pero que, igual, nos observaban mientras que en sus rostros desconocidos se dibujaban las señales inconfundibles de que nos estaban felicitando y bendiciendo desde sus puestos. Algunas de estas personas, que a partir de esos instantes, y sin que lo supieran, dejaban de ser extrañas en mi vida, se habían puesto de pie.

 

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El salón de la reunión lucía muy elegante, con su piso totalmente cubierto por aquel precioso tapete que yo pisaba por primera vez y con aquel verdadero festival de flores exóticas que, gracias a su singular hermosura, me había dejado asombrado desde que entré llevando a Nylse de la mano. Con ella fuimos pasando, mesa por mesa, a saludar a todos los asistentes. Cada mesa estaba adornada con un ramo de flores.

El maestro Guerrero empezó a tocar el vals con su violín y, entonces, los varones fueron pasando a bailarlo con Nylse hasta que yo terminé siendo el último de sus parejos y fue ahí cuando hice lo que pude para no confundir los pasos del bello aire vienés con los de alguno de los otros ritmos que había estado acostumbrado a bailar hasta esa noche —aires también bellos, pero que yo me había encargado siempre de que no lo fueran—, de modo que al final, y a pesar de los nutridos aplausos, me quedó la íntima convicción de que, de todos modos, aunque me había propuesto honrar a Johann Strauss, el insigne músico austríaco se había puesto a llorar, allá en la gloria, y no precisamente porque estuviera emocionado por nuestro matrimonio.

 

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Gracias, Nylse.

Gracias por tu amistad,

tu amor,

tu comprensión

y tu paciencia.

Hoy,

en nuestro aniversario,

volverás a ser mi novia,

como antes.

Hoy,

en nuestro aniversario,

no te podré cantar con la guitarra,

pero sí podré rememorar cuando lo hacía,

pero sí podré platicar contigo

sobre aquellas canciones que nos fascinaban,

pero sí te podré besar,

como antes,

y te podré decir que te quiero,

como siempre.

Hoy,

en nuestro aniversario,

volveré a contemplar

la hermosura de tu mirada,

y acariciaré tu pelo,

y responderé con mi sonrisa

a tu sonrisa,

y volveré a sentir

la calidez de tus manos,

y ya no hablaremos de nuestras luchas,

ni de los días difíciles,

sino de los momentos amables,

y de cómo, a pesar de todo,

juntos logramos

construir una familia nueva,

fundada en la ternura

y en el respeto,

y de cómo ambos,

en medio de las oscuridades,

logramos hacer brillar

la luz de la esperanza

y el gusto por la vida

Hoy,

en nuestro aniversario,

celebraremos juntos el triunfo

de la nueva forma de educar a los hijos

en la que nos arriesgamos a creer,

que nos atrevimos a ensayar,

y nos congratularemos

porque pudimos demostrarnos

que no eran ciertos los paradigmas

y que sí es posible,

“dentro de una sana disciplina”,

como dice Desiderata,

formar personas de bien

sin golpear a los niños.

Hoy,

en nuestro aniversario,

viajaremos al pasado

y estaremos solos de nuevo,

juntos,

como al principio,

como cuando íbamos al mar

sin avisarle

y él nos acogía

como a dos viejos amigos.

Hoy,

en nuestro aniversario,

volverás a caminar sobre la alfombra

rumbo al altar,

en el viejo templo del barrio Sotomayor,

con tu vestido blanco

y toda la magia de tus años jóvenes,

y volveré a escuchar el violín

de Alfonso Guerrero

tocando la marcha,

y la voz del padre Quijano,

y los aplausos,

y las felicitaciones.

Hoy, en nuestro aniversario,

imaginaré que aquel inmenso salón

volverá a estar engalanado de flores,

pero solo para nosotros dos,

para ti,

y para mí.

Porque hoy, en nuestro aniversario,

dentro de nuestro corazón

nadie más estará con nosotros,

estaremos solos tú y yo,

estaremos solos,

como al principio,

como en los primeros años,

cuando nos sentábamos a hablar

y a reírnos

sin prender las luces de la sala;

como la víspera de Año Nuevo

que pasamos bailando los dos,

solos,

mientras los niños dormían;

como cuando nos quedábamos dentro del auto detenido,

contemplando las luces de la ciudad

titilando allá abajo,

y las estrellas del cielo

titilando allá arriba,

encima de nosotros,

como si nos estuvieran sonriendo

y sirviéndonos de cómplices

en la mágica oscuridad

de la noche sabatina.

Hoy,

en nuestro aniversario,

te tomaré de la mano

y te diré que te amo,

y que le agradezco a Dios,

y a la vida,

el que me hayan dado

la preciosa e inolvidable

oportunidad de conocerte.

 

¡Feliz aniversario, querida Nylse!

 

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Ruitoque, Mesa de las Tempestades, domingo 27 de diciembre de 2020

 

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