Silvia Galvis y la romántica y efímera “Fundación John Howard”. Por: Óscar Humberto Gómez Gómez

I

 

 

La “Fundación John Howard” duró tan, pero tan poco tiempo, que a veces me pregunto si realmente existió o si es, más bien, una especie de imaginación fantástica que me llega de vez en cuando a la mente, alguna de esas que llaman vivencias extrasensoriales y en virtud de las cuales por momentos uno cree estar recordando experiencias pasadas que en verdad jamás vivió.

En todo caso, lo que se me viene a la memoria hoy 20 de septiembre de 2021, una docena de años después de aquel domingo en el que llegué a mi casa y mi hijo mayor leyó en voz alta la noticia de que ella acababa de morir, es su imagen de mujer joven y acelerada, vestida con una gasolinera de color beige, escuchando de mis labios dentro de su espaciosa oficina mi proyecto sin futuro, el proyecto romántico de crear la fundación que supuestamente asumiría la defensa de los derechos humanos a favor de la población reclusa de las dos cárceles de Bucaramanga, una población a la que me había aproximado dando una que otra conferencia, si es que así se podían llamar, sin caer en la pedantería, aquellas charlas modestas que sobre temas que yo pensaba serían de su interés, me iba a darles a los hombres y a las mujeres sin libertad, aprovechando, en la cárcel de los primeros, los espacios que me brindaba la cafetería una vez que, por orden de su director, me corrían las mesas y las sillas para acondicionar el auditorio, y, en la cárcel de las segundas, el patio interior de la antigua casona esquinera de la calle 37 con la carrera 9 que le servía de sede.

 

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II

 

 

Yo sólo tenía por entonces, además de una abultada cantidad de sueños e ilusiones, dos vestidos. Ambos eran de saco y chaleco, uno de color verde oscuro que había utilizado en la ceremonia de mi grado el 19 de diciembre de 1980 a partir de las cinco de la tarde, y el otro uno de color beige que había estrenado una semana después, la noche del 27 de diciembre, con ocasión de la fiesta de cumpleaños de una de mis sobrinas. Ninguno de los dos había sido comprado por mí, eso sobra aclararlo; ambos me los habían regalado, y el primero me lo había probado en los vestidores del almacén de Avelino Estévez, ubicado en aquel entonces sobre el andén norte de la calle 35 entre carreras 17 y 18 (o quizás 18 y 19), y el otro, en los del almacén “Posada y Franco”, instalado sobre la acera oriental de la carrera 15 entre las calles 36 y 35, los dos dentro del perímetro del centro de Bucaramanga.

Silvia, a quien apenas acababa de conocer, vestido yo con el traje beige, me interrumpió de inmediato cuando me dirigí a ella diciéndole “doctora Silvia“ para pedirme que, por favor, la llamara simplemente “Silvia”. El argumento que me dio fue el de que “así hablamos más rápido“.

 

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III

 

 

Yo le expuse el proyecto hablando tan aceleradamente como ella cuando lo hacía. Quien le mermaba velocidad a la tertulia era el profesor de derecho que me la acababa de presentar. Hablaba tan despacio, que su voz pausada, suave y serena llegaba a confundirse con el lento e imperceptible transcurrir de la tarde.

Le platiqué sobre quién había sido el filántropo inglés del siglo XVIII John Howard, sus viajes, sus visitas a las mazmorras, sus cuantiosos aportes para la dignificación de los prisioneros, sus denuncias sobre los malos tratos y las sórdidas condiciones de las prisiones europeas, en fin, sobre su importante papel en la formación del moderno Derecho Penitenciario, y le argumenté respecto a la imperiosa necesidad existente de empezar por llevarles cultura y ciencia a nuestras penitenciarías. Al final, no solo me dijo que sí, que contara con ella, que ella ingresaba a la fundación, sino además remató su feliz entrada en mi proyecto con una aguda y sonriente observación acerca del coincidente color de nuestros trajes: “Tu fundación comienza fuerte, Óscar Humberto. Fíjate que hasta tú y yo estamos hoy uniformados”.

 

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IV

 

 

Al primero a quien le contamos que minutos antes acababa de nacer la “Fundación John Howard”, y que acababa de nacer ahí, a pocos pasos de su escritorio, dentro de la oficina de Silvia Galvis, ahí mismo en Vanguardia Liberal, fue a Luis Daniel Vera López.

Era Luis Daniel un joven e inquieto periodista de quien recuerdo no sólo su hablar apresurado, sino que le había puesto a su hijo el nombre de Camilo Ernesto y yo creía saber por qué. Solía usar un sombrero y fue, precisamente, la imagen de su sombrero la que alguno de sus compañeros del periódico utilizó después de su muerte para ilustrar una crónica sentida en la que protestaba por la lentitud con la que marchaba su caso en los estrados judiciales. Y es que su caso se refería a la investigación que se estaba adelantando por los hechos sucedidos en la Droguería Morrorrico, ubicada al oriente de la plaza Guarín, a donde tres malandrines llegaron en una mala hora con torvas intenciones y terminaron disparando y privando del don de la vida no solo al ya destacado periodista santandereano, sino también a su amigo el propietario de la droguería, establecimiento al cual los sujetos, en aquellos momentos de desdicha, habían llegado con intenciones de robar.

 

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V

 

 

Luis Daniel declinó con una sonrisa nerviosa, que le llevó a su rostro el color rubicundo, mi gentil y sonriente invitación para que se integrara a la fundación que acabábamos de crear adentro. Su total falta de tiempo debido a sus múltiples ocupaciones fue la excusa irrefutable que nos esgrimió para no entrar a formar parte de la desorganizada organización. Y eso que yo le había explicado segundos antes que el ingreso lo único que exigía como requisito por cumplir era el de la manifestación del interesado de que quería entrar.

Y es que, la verdad sea dicha, no estábamos precisamente en condiciones de dárnoslas de exigentes, pues era evidente el escaso número de miembros hasta ese momento reclutados: un profesor de derecho, un médico psiquiatra, un médico general, Silvia y yo.

No tengo claro si fue al día siguiente, o al otro, cuando Luis Daniel publicó la noticia de que acababa de nacer en Bucaramanga la “Fundación John Howard”.

 

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VI

 

 

Bajo el precario ropaje de una fundación desprovista de papeles, de sellos y de firmas, una fundación de meras palabras y de meras buenas intenciones, poco después de aquella primera y única reunión ya estábamos dando varias conferencias en la Cárcel Modelo y en la Cárcel de Mujeres. En la de mujeres contamos con la amable receptividad de su directora, la hermana Sara Carlota Garavito, monja de la comunidad de La Presentación, quien siempre habría de acogerme con un afecto y un respeto que todavía hoy, tantos años después, me siguen sorprendiendo, pues en aquel entonces yo no era más que un muchacho de 26 años de edad que llegaba a todas partes a pie y que apenas empezaba a abrirse paso en el foro tratando de cobrar, sin embargar a nadie, cheques sin fondos y facturas impagadas. Las conferencias eran sobre un revoltijo de los más diversos temas, desde literatura y drogadicción, historia y desviaciones de la conducta sexual, música y enfermedades venéreas, hasta conceptos elementales de Derecho Penitenciario como la libertad preparatoria, la franquicia preparatoria, la excarcelación provisional y la suspensión de la detención preventiva.

 

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VII

 

 

Cualquier día, sin pena ni gloria, sin bombos ni platillos, sin cenas de despedida, ni brindis con champaña, ni discursos, ni vasos de güisqui en las rocas, ni algún trío con mediana afinación tocando para nosotros, ni noticia alguna dentro de las páginas de aquel periódico que había anunciado su nacimiento, se esfumó para siempre la fantasmal “Fundación John Howard”, deslizándose hacia el olvido con la misma humildad y ausencia de formalidades con las que había venido al mundo.

 

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VIII

 

 

Hoy, a doce años de la inesperada muerte de la talentosa y valerosa periodista, de la historiadora dedicada que se fue a hurgar la historia de este país en los anaqueles oficiales de los Estados Unidos, de la politóloga de la Universidad de los Andes que siempre honró su incomprendida carrera —incomprendida en una nación en la que escasea la Ciencia Política y abunda la politiquería—, de la amena y brillante novelista, de la madre que estuvo siempre pendiente de contribuir de cerca a la formación de sus hijos sin permitir que sus tareas profesionales la separaran de ellos, y, por supuesto, de la amiga entrañable a la que tantas veces vi sonreír y carcajearse de mis ocurrencias, unas ocurrencias que en alguno que otro momento difícil me parecieron oportunas y a las que ella, nunca supe por qué, les atribuía un humor que por ninguna parte tenían, hoy, doce años después de la muerte de Silvia Galvis, digo, he recordado aquella aventura tan disparatada, tan sin porvenir, tan fugaz, pero ante todo tan honesta. Una aventura nacida en los albores de mi ejercicio profesional y emergida de la mente inquieta de aquel muchacho soñador que yo era en el año 1981, hace 40 años.

Que donde quiera que estés, Silvia, haya seguido siendo yo capaz de hacerte sonreír y, al menos de vez en cuando, de hacerte reír a carcajadas con mis tonterías.

Aquellas tonterías a las que tú siempre tuviste la anchurosa y especial generosidad de verles gracia.

 

Mesa de las Tempestades, Área Metropolitana de Bucaramanga, lunes 20 de septiembre de 2021

 

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