
Mi ingreso al auditorio de tu colegio donde se va a llevar a cabo la anunciada conferencia sobre los géneros literarios resulta ser para mí, Pilar, muy emocionante. Eres tú quien me recibe y luego de presentarme al profesor de español y literatura pasas al micrófono a hacer mi presentación. Al tiempo que hablas, por momentos miras hacia el público, conformado por tus compañeras de los undécimos, y por momentos me miras a mí, siempre sonriendo. El profesor, que te presta total atención, ha puesto varios libros y carpetas sobre el brazo de su silla. Es un hombre joven, delgado, de estatura un poco menor que la mía, de bigote y gafas, de piel trigueña, porte sencillo y sonrisa fácil; luce una chompa ligera y de cierre, y una vez tú me presentas ante él, se dirige hacia el fondo del teatro y se sienta en una de las últimas sillas. Cuando terminas de hacer mi presentación y antes de irte a sentar tú también, le pides al juvenil auditorio un aplauso de bienvenida para mí y es entonces cuando, sin haber hecho nada para merecerlo, recibo aquella ovación atronadora que no logro precisar con exactitud si me produce una enorme satisfacción, o más bien un enorme susto, porque caigo en la cuenta de la magnitud del compromiso en el que me has embarcado sin ser yo conferencista. Entonces, ya solo en el escenario, con un lindo público expectante que me mira fijamente, doy comienzo a la charla. Así que, después de saludar y de agradecer la gentil invitación que me han hecho las estudiantes que conforman la junta directiva de undécimo grado, y de agradecerte a ti especialmente, Pilar, empiezo haciendo una síntesis inicial sobre qué son y cuáles son los géneros literarios, y paso a referirme entonces al género lírico, al género narrativo, al género dramático, al género didáctico y al género oratorio. De manera muy particular, recuerdo el murmullo de “¡Ay, tan divino!” y la sonrisa colectiva de ternura con la que el joven auditorio reacciona al imaginarse a aquel poeta campesino anónimo que algún día escribió la copla popular romántica que mil veces he leído en el viejo libro de pasta verde del hermano Benildo Matías y el hermano Rodulfo Eloy desde la primera vez que llega a mis manos y que acabo de recitarles:
“Me puse a contar estrellas /
y en la mitá me turbé /
porque vide un lucerito /
muy parecido a vusté”.
Murmullo y sonrisa de ternura colectiva que se convierten en un afectuoso aplauso cuando declamo una segunda copla popular del mismo estilo y a lo mejor escrita también por aquel anónimo poeta:
“Me puse a contar estrellas /
y conté cuarenta y dos, /
cuarenta y tres con la luna, /
cuarenta y cuatro con vos”.
En ese momento, mientras miro a las estudiantes que no dejan de sonreír con simpatía ante tan humildes, tiernas y bellas declaraciones poéticas de amor, descubro que dentro del numeroso público de tus compañeras se encuentra una alumna a quien conozco de tiempo atrás porque ha sido vecina mía en la carrera 38 A con calle 46, cuadra de donde nos hemos pasado a vivir mi familia y yo al lejano barrio Cañaveral, frente al Colegio Panamericano, para terminar regresando muy pronto allá mismo, pero esta vez a la cuadra de abajo, a la carrera 38 también con calle 46, por lo cual seguimos siendo vecinos. Esta joven se llama Mónica Lucía Castillo Ramírez, quien, dicho sea de paso, llegará a contar a su casa emocionada que yo he ido a su colegio a dar una conferencia, según ella, “muy amena e interesante”, cosa que llego a saber porque el fin de semana siguiente voy de visita a su casa y su mamá me lo cuenta, no sin precisarme que su hija no pertenece al mismo undécimo del que tú formas parte.

En realidad, Pilar, de los pormenores mismos de aquella charla sobre los géneros literarios que doy en tu colegio no es mucho lo que recuerdo. Sobresalen, sí, dos momentos adicionales de especial recordación. Uno es la remembranza que, cuando estoy hablando del género didáctico, y concretamente acerca de las fábulas, hago de lo sucedido en el Instituto Tecnológico Santandereano con ocasión de mi examen de admisión. Y es que a esa altura de la charla estoy explicando que en las fábulas el poeta, con el fin de enseñar, crea historietas en las que los protagonistas son animales o plantas y al final presenta una enseñanza que se llama moraleja, pero enfatizo en que obviamente esos relatos no se deben tomar al pie de la letra. “Que no les vaya a suceder —advierto— lo que me pasó a mí en 1967 cuando para ingresar a primero de bachillerato al Instituto Tecnológico Santandereano presenté el examen de admisión y el día en que fui con mi mamá por los resultados me enteré de que había sacado 79 sobre 80, es decir, que de 80 preguntas había contestado una mal, mientras que, en cambio, un joven alemán de nombre Klauss Walther Zinn había sacado 80 sobre 80”.
“Tan solo mucho después —prosigo narrando— habría de saber cuál pregunta me había quedado mal contestada”.
“Lo sabría —relato— en la clase de español cuando nuestro profesor Epifanio Blanco, explicando el tema de las fábulas, nos subraya que esas narraciones son ficticias, que el poeta lo que hace es dar una lección moral a partir de un relato fantasioso, o de uno real, pero que es interpretado de manera imaginativa. “No es que lo que narra el poeta en la fábula haya sucedido en realidad o que deba ser interpretado tal y como él lo interpreta con fines literarios”, recalcó. “No les pase a ustedes lo que le pasó a Gómez”, enfatiza el profesor al final de su explicación mirándome a mí con cierta ironía, mientras los compañeros de curso voltean a observarme también, intrigados. Y es ahí —exactamente ahí— cuando sé por fin cuál respuesta me impidió empatarle a Klauss Walther Zinn.
La pregunta iniciaba con la transcripción textual de un poema de Rafael Pombo:
“Bebiendo una gallina de un arroyuelo /
a cada trago alzaba la vista al cielo /
y con el pico /
gracias daba a quien hizo licor tan rico. /
¿Qué es eso? gruñó un puerco. /
¿Qué significa tan ridícula mueca? /
Y ella replica: nada vecino; /
la gratitud es griego para un cochino; /
mas no hay alma noble que no agradezca /
hasta una gota de agua que se le ofrezca, /
y aun la gallina /
siente la inagotable bondad divina”.
“A continuación de estos versos —continúo narrando— venía la pregunta:
“Cuando la gallina está bebiendo agua levanta el pico hacia el cielo:
A) Para darle gracias a Dios;
B) Para poder pasar el sorbo de agua;
C) Ninguna de las anteriores”.
“Pues Gómez —remató el profesor Epifanio Blanco— marcó la A: “Para darle gracias a Dios”.
En ese momento se desencadena en el auditorio de tu colegio un risueño murmullo que crece en segundos.
“A partir de ese día y durante un largo tiempo —prosigo relatándoles a las jóvenes estudiantes para rematar la anécdota— mis compañeros me cambiaron el nombre: me pusieron Inocencio”.
La carcajada general —incluida la tuya— es tan atronadora y tan larga, pero tan larga, que llego a creer que hasta ahí ha llegado mi conferencia.

El otro recuerdo imborrable de aquella emocionante charla, Pilar, es la evocación del momento en que para ilustrar el género didáctico echo mano del extenso poema “Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia“, de Gregorio Gutiérrez González. Y es que jamás habré de olvidar lo que ocurre cuando he terminado de exponer el tema de la conferencia en su totalidad y paso al habitual segmento complementario: el de las preguntas que quieran hacer las asistentes. En efecto, varias alumnas se ponen de pie para decirme que no han entendido la diferencia entre el género didáctico y el género oratorio.
Yo he explicado durante la exposición que el género didáctico tiene como finalidad “enseñar” y, en cambio, el género oratorio tiene como objetivo “convencer”, pero a tus compañeras que están haciendo uso de la palabra —y al resto de tus condiscípulas, a juzgar por sus evidentes señales de respaldo— no les parece que haya diferencia entre las dos cosas, es decir, consideran que “enseñar” y “convencer” son lo mismo.
Para aquel momento Colombia prepara la que será la primera elección popular de alcaldes. El certamen electoral se llevará a cabo al año siguiente, 1988, en el mes de marzo, y un sector de ciudadanos ha lanzado la candidatura de Alberto Montoya Puyana, ex rector de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, y este ya se perfila como el candidato de preferencia dentro de lo que se conoce como el voto de opinión. En el otro lado se halla la candidatura de su competidor, el empresario Emilio Suárez Clavijo, que es respaldada por las figuras tradicionales de la política comarcana. Pues bien: como las estudiantes que han hablado me han planteado el reto de dejar en claro la diferencia entre el género didáctico y el género oratorio, a mí se me ocurre acudir a la herramienta pedagógica de ser yo mismo el orador que emplee el género oratorio, pero simulando ser el candidato Montoya Puyana en un discurso de campaña electoral.
Por aquellos días ya empieza a ser un problema muy serio el de la congestión vehicular en la autopista entre Bucaramanga y Floridablanca, sobre todo a las horas del mediodía, de modo que ha empezado a volverse costumbre el que los esposos no vayan a almorzar a sus casas y de esa manera las familias prácticamente no se reúnan a lo largo de todo el día debido a la física imposibilidad de los jefes de hogar de llegar hasta sus residencias porque se lo impiden los crecientes atascos que ya se registran en dicha autopista. Yo entonces insisto en que el género didáctico no busca convencer a nadie de nada, sino simplemente enseñar, de modo que el escritor que acude a ese género lo hace simplemente para transmitir el conocimiento, aunque con el ropaje de gala del embellecimiento literario, y vuelvo a traer a colación de nuevo el extenso poema de Gregorio Gutiérrez González en el que describe cómo se cultiva el maíz en las tierras antioqueñas, para enfatizarles a mis jóvenes oyentes que en esos versos él no está convenciendo a nadie de nada, sino simplemente transmitiendo un conocimiento a quienes seguramente no lo tienen: el conocimiento de todo cuanto se tiene que hacer para producir el maíz, cómo es que se lleva a cabo el cultivo, cuáles son los pasos que hay que seguir a partir de la siembra de la semilla hasta llegar a la planta, la detallada descripción de la mazorca, etcétera, todo, por supuesto, con una singular belleza poética. Y es entonces cuando paso a ratificar lo relativo a la finalidad que, en cambio, persigue el género oratorio, que ya no es la de enseñar nada, sino la de convencer, es decir, generar en el auditorio simpatía hacia lo que el orador está diciendo, e incluso hacia él mismo, todo ello por lo general con miras a obtener un desencadenamiento de emociones favorables dentro del público, o en no pocas ocasiones su voto. A continuación procedo a recordar que “precisamente por estos días nos encontramos en plena campaña electoral para las elecciones de alcalde de Bucaramanga” y enseguida digo: “Hagamos de cuenta entonces que el candidato Alberto Montoya Puyana ha llegado aquí, a este auditorio, con el fin de convencerlas a ustedes de votar por él y que va entrar a abordar el tema de los atascos en la autopista entre Bucaramanga y Floridablanca” para lo cual acude al género oratorio. Así que, como se dice en el argot popular, el candidato visitante “echa un discurso” para generar emociones dentro del público que lo escucha. Y a continuación improviso aquellas palabras que hoy recuerdo más o menos así:
“Jóvenes alumnas de undécimo grado del Colegio de la Presentación: ¡No es posible que a causa de los insoportables trancones que se forman en la autopista las familias bumanguesas ya no puedan reunirse al mediodía porque los padres no pueden trasladarse en sus carros desde su lugar de trabajo hasta el seno de sus hogares para disfrutar del almuerzo en familia! ¡El poder almorzar reunida alrededor de la mesa hogareña es un derecho inviolable de cualquier familia en un sistema democrático que se respete! ¡La autopista tiene que ser ampliada sin demora para que las familias bumanguesas puedan volver a reunirse al mediodía, a la hora del almuerzo! ¡La autopista tiene que ser ampliada sin demora para que al mediodía puedan los padres volver a besar a sus esposas y abrazar a sus hijas y a sus hijos! ¡La autopista tiene que ser ampliada sin demora para que al mediodía se restablezca el calor familiar y de esa manera se acabe la separación absurda y dañina entre un padre que se ausenta de su hogar desde las horas de la mañana y una esposa y unos hijos que no pueden verlo a lo largo de todo el día! ¡Voten por mí, jóvenes alumnas de undécimo grado del Colegio de la Presentación, y yo haré que ese justo anhelo se convierta en una moderna y fascinante realidad!”.
El auditorio estalla en un cerrado aplauso y sonoras risas —en particular nunca olvidaré la anchurosa sonrisa del profesor—, y no son pocas las estudiantes que me gritan: “Nos convenció, nos convenció”.

Cuando concluyo aquella inolvidable plática sobre los géneros literarios en tu colegio, tú te levantas de tu silla y te diriges hacia mí para pedirme, con un gesto de amabilidad, que te entregue el micrófono. El profesor también se ha levantado de su silla y ha empezado a acercarse. Tú, entonces, me agradeces “por esta conferencia tan bonita e ilustrativa” y les pides a tus compañeras que me despidan con un aplauso. Mientras las asistentes me aplauden, unas monjas aparecen para coordinar la salida y todas las alumnas comienzan a abandonar lentamente el auditorio en medio de un murmullo. El profesor llega hasta mí para agradecerme y, como siempre lo hago, yo lo abrazo y le digo que el agradecido soy yo por la oportunidad que me han dado. Tú te acercas también y te paras frente a mí esbozando todo el esplendor de tu radiante alegría juvenil. “Qué linda, conferencia, doctor; de verdad le quedamos muy agradecidas”. Yo solamente atino a hacerte una pequeña venia mientras también te sonrío y te digo: “Lo hice con el mayor gusto, Pilar. Y, por favor: con que me digas Óscar Humberto es suficiente”. Tú me repites tu agradecimiento: “Está bien: entonces te quedamos muy agradecidas, Óscar Humberto, de veras”. “Lo hice con el mayor gusto —te reitero—. Quedo a tus órdenes para lo que se te ofrezca”. “Muchas gracias, Óscar Humberto”, es lo último que me dices. O casi lo último, para ser más exacto, pues enseguida me haces saber que debes retirarte porque las clases continúan. “¿Recuerdas la salida?”, me preguntas. “Sí, claro”, te respondo. “Bueno, entonces ahora sí te dejo; chao”, me dices levantando tu mano derecha. “Chao”, te digo al tiempo que hago lo mismo. Tú comienzas a caminar hacia la puerta de salida mientras yo me quedo conversando unos minutos con tu profesor, de quien también te has despedido.
La siguiente vez que te vea, Pilar, será una noche en la que, alrededor de las siete, yo estaré caminando por los pasillos de la Clínica Quirúrgica —ubicada en la esquina sureste de la carrera 36 con la calle 42— y paso a paso me iré acercando a una pieza ubicada a mi derecha y de la cual me llamará la atención que tiene la puerta abierta y las luces encendidas.
(CONTINUARÁ)

ILUSTRACIÓN: “Colegiala”. Pedro Jesús Vargas (“Pietro”)
ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ: Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP). Miembro de Número de la Academia de Historia de Santander. Miembro de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (SAYCO). Miembro del ilustre y desaparecido Colegio de Abogados de Santander.