Crónicas del ayer // PILAR ANGARITA. Capítulo IV. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

No tengo claro si estamos conversando en las gradas de entrada de Las Acacias o sentados en el frontis de la casa de la familia Valencia, en Los Almendros, durante aquella fiesta de sábado a la que me has acompañado, cuando me cuentas el episodio del carro volador.

Tú eres apenas una niña y viajas por primera vez junto con tus padres a bordo del carro del abogado Gabriel Mantilla Lozada, amigo de la familia, entre la costa atlántica y la tierra donde dicen que las cigarras cantan y cantan pegadas a los troncos de los árboles hasta que las sorprende la muerte. En esos momentos el trayecto es recto, muy recto, interminablemente recto. Los viajantes van rodando, siempre a la misma velocidad, a esa velocidad que a medida que pasan los minutos se torna uniforme, aburrida y soporífera; a esa velocidad que se mantiene invariable a lo largo de los kilómetros en una de esas rectas inacabables de la carretera que une el mar con aquellas montañas andinas en las que, según el escudo diseñado por el historiador Enrique Otero D’Costa, somos y siempre seremos libres. Pero hay un momento en que el amigo de la familia Angarita que la lleva hacia su lugar de destino te dice que el suyo es un carro volador y te advierte que un poco más adelante se despegará del piso y comenzará a volar. Tú te emocionas muchísimo con ese anuncio.
—¿Síii? —le preguntas con ansiedad—. ¿De verdad, Gabriel? ¿Tu carro vuela?
—Sí, claro —te contesta el conductor—-. Este carro vuela.
Entonces tú le preguntas con vivo interés si falta mucho para llegar al sitio donde el carro despegará y él te dice que sí, que todavía falta bastante, que él te avisará cuando ya se estén aproximando al lugar donde se producirá el despegue. Empero, a medida que avanzan los kilómetros a ti te va venciendo el sueño…, sí: sientes cada vez más pesados los párpados…, por instantes cierras los ojos porque ya no eres capaz de mantenerlos abiertos…, cada vez te es más difícil seguir manteniéndolos abiertos…; hasta que no sabes en qué momento te quedas dormida y cuando despiertas le preguntas con ansiedad al piloto si todavía falta mucho para llegar a donde el carro va a volar, pero para tu desencanto lo que te dice es que el carro ya voló y que tú no has disfrutado el vuelo por haberte quedado dormida; tú le haces el reclamo de por qué no te despertó, como te lo había prometido, y les haces el mismo reclamo a tus padres, y todos te dicen que intentaron hacerlo, pero que tú seguiste durmiendo; entonces te pones a llorar y el resto del viaje lo haces muy desencantada y con un profundo disgusto. Posteriormente, cuando te enteras de que todo ha sido mentira, le pierdes la fe a Gabriel y en general a los adultos, de quienes piensas que son mentirosos.

Bueno, aunque la verdad sea dicha, movida por el amor filial que sientes hacia ellos, decides hacer una excepción con tus padres.

 

 

Otros momentos de tu joven vida habrás de narrármelos en aquellas gradas inolvidables donde tantas noches nos sentaremos a platicar. Son las gradas del edificio Las Acacias, las mismas en las que me cuentas que tu familia vive en el departamento del Cesar, que ahí vives, en ese edificio, porque tus padres han dispuesto que ahí tendrán tú y tus hermanos su residencia en Bucaramanga mientras estén adelantando sus estudios; las gradas donde una noche cualquiera de viernes, o de sábado, en todo caso de fin de semana, una señora aparece caminando sobre el andén y las sube con destino a la puerta de entrada, y entonces tú me dices que ha llegado tu mamá, y te levantas a abrazarla, y le dices quién soy yo; las gradas donde aquella señora me da su nombre, me dice que se llama María Elena, nombre que yo obviamente asocio a una canción que lleva ese título, un bolero muy hermoso que dice “Tuyo es mi corazón, oh sol de mi querer“; las gradas donde ella me saluda de manera muy amable, sonriéndome, abrazándome, dándome la mano y y diciéndome “conque tú eres el famoso Óscar Humberto del que tanto habla mi hija” y tú, mientras la escuchas, sonríes y asientes en señal de aprobación; esas mismas gradas en las me presentas a tu hermana y a tu hermano, cuyos nombres ya no recuerdo. Será ella, tu hermana, quien al llamarme por teléfono a mi oficina para preguntarme si puedo atender a otro amigo de tu familia que necesita consultarme su propio caso me cuente la terrible noticia. A tu hermana la recuerdo como una jovencita de cabello rojizo. Me parece muy seria. Llego, incluso, a tener la impresión de que no le caigo bien, o que está celosa de que yo vaya a visitarte. A tu hermano tampoco lo recuerdo con exactitud, pero sí lo suficiente como para tener claro que es alguien mucho más amable conmigo que ella. A tu papá, en cambio, no habré de verlo nunca, aunque tú siempre me hablarás de él con mucho cariño. No recuerdo cuántas veces voy a visitarte; no son muchas, pero sí tengo presente que la conversación es siempre muy amena, que además de remembranzas de nuestra infancia y de la vida de colegio tocamos temas culturales, geográficos, históricos y musicales, y que nos reímos mucho, generalmente de mis chistes, que a manera de defensa de mi limitado talento como humorista, alego a mi favor que son flojos, pero al menos bien intencionados. Es ahí en esas gradas donde te cuento que estoy escribiendo un cuento sobre la aparición de un gigantesco dinosaurio en los riscos del norte de Bucaramanga, por allá en un recodo de la carretera que conduce al barrio Kennedy; que es un enorme reptil que nadie se explica cómo ha llegado a aparecer allí y que las autoridades han decidido, luego de concertar con las entidades científicas nacionales e internacionales, que lo exhibirán en un multitudinario desfile que se llevará a cabo a lo largo de toda la carrera 15 y que irá hasta el extremo sur de la ciudad. Tú me dices sonriendo “muy imaginativo, Óscar Humberto“ y yo también sonrío, pero con esa picardía del niño que acaba de hacer una travesura y está celebrando, o siente que le están celebrando, su pilatuna. (¿Cómo dices, Pilar? ¿Que esto ya lo dije antes? Ay, qué pena, discúlpame; es que de unos años para acá suelo repetir lo que ya he narrado; quizás lo hago porque así siento que vuelvo a disfrutarlo).
Sólo a ti te lo comento (lo del cuento del dinosaurio, digo); no se lo hago saber a tus hermanos, ni a tu mamá.

 

 

En los vericuetos recónditos de la memoria, entre imágenes difusas que vienen y se van, que por momentos son nítidas y luego se diluyen, suelo evocar la noche en que te pido que me acompañes a una fiesta que se va a llevar a cabo en la casa de una familia antioqueña de apellido Valencia, residente en Los Almendros, uno de los pocos conjuntos residenciales que tiene en aquel entonces la Ciudadela Real de Minas, el sector de la ciudad donde las pistas del antiguo aeropuerto serán urbanizadas para terminar creando un polo de desarrollo. Me recuerdo sentado a las afueras de aquella casa platicando de nuevo contigo sobre el cuento del dinosaurio, al que te confieso que pienso darle como título “El último dinosaurio“.

En aquel entonces no se está hablando de manera tan profusa sobre los reptiles del jurásico como se empezará a hacer a partir de las películas del productor cinematográfico Steven Spielberg.

En realidad, Pilar, el único dinosaurio que tenemos en nuestra memoria para ese momento es Dino, el de los Picapiedra.

 

 

(CONTINUARÁ)

 

ILUSTRACIÓN: Pedro Jesús Vargas (“Pietro”)

 

AGRADECIMIENTOS : Hasta el presente capítulo el autor ha embellecido esta crónica con la ilustración “Pilar”, del caricaturista e ilustrador gráfico santandereano Pedro Jesús Vargas (“Pietro”). A partir del próximo capítulo comenzará a hacerlo con la ilustración “Señora”, que amablemente, y en medio de la escasez de tiempo que le permitió el estar preparando su trasteo de Bogotá a Piedecuesta, le elaboró el joven pintor santandereano Juan Quiroga (“Kiroga”), a quien de nuevo le expresa sus sinceros agradecimientos.

 

ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ: Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP). Miembro de Número de la Academia de Historia de Santander. Miembro de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (SAYCO). Miembro del ilustre y desaparecido Colegio de Abogados de Santander.

 

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